Y LA ALARMA SONÓ OTRA VEZ

Por: Elizabeth Serna Jaramillo

La alarma me indica que el día comienza y no sé si agradecerle por sonar de nuevo o atormentarme por lanzarme a la monótona rutina. Sin embargo, camino hasta la cocina por un poco de café y los gritos de los vecinos me sacan de mis abstractos pensamientos y me hacen olvidar por un momento que el día apenas nace, suspiro y continúo con mi rutina, paso a paso hasta llegar a la puerta principal. Todo en su lugar y listo para enfrentar la selva de concreto, aquella de calles frías, no necesariamente por culpa del clima sino por un lado debido al acostumbrado y sobre abrumador contacto físico de las personas que vienen y van día a día con cuerpos presentes y mentes ausentes; por otro lado, a pesar de la desastrosa cantidad de basuras en el pavimento, mis ojos siempre vuelven a presencial una mano que se extiende para deshacerse de sus residuos en el típico gesto de arrojar las basuras en el suelo, me indigno y me cuestiono si esas personas que en su exterior tienen tal carencia de cuidado por lo que es de todos, su interior debe ser una oda al egocentrismo.

Imagino cómo sería el mundo si en lugar de los gritos de mis vecinos escuchara risas, en lugar de absoluto silencio en mi hogar, escuchara palabras cálidas que le retornaran el sentido a mi existencia, si las personas entendieran el concepto de las “basuras en su lugar” y sobre todo el valor de reciclaje, mientras pienso  y pienso, las sacudidas en mis hombros de las personas a quienes obstruyo el paso me van regresando poco a poco a la realidad, una realidad que no quiero pero a la que, lastimosamente, no aporto nada, más que un simple pensamiento de querer cambiar, con la utópica ilusión de que ese cambio individual sirva de ejemplo a la sociedad. Otro día termina, es hora de programar la alarma otra vez…

 

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